Imagínate la escena. Firmas el seguro de tu perro un martes por la tarde, contento porque por fin lo tienes cubierto, y catorce días después el animal amanece decaído, sin ganas de comer, y acabas en el veterinario de urgencias con una factura de trescientos euros en la mano. Llamas a la aseguradora convencido de que te van a devolver la mayor parte y te sueltan la palabra maldita: carencia. Que no, que eso todavía no lo cubren. Que hay que esperar. Y tú te quedas ahí, con el ticket temblando, pensando que te han vendido humo.
Es una de las situaciones que más cabreo genera entre quienes contratan un seguro para su mascota, y casi siempre no es porque la aseguradora sea una tramposa, sino porque nadie se molestó en explicar bien qué es esto de la carencia antes de firmar. Así que vamos a desmontarlo pieza a pieza: qué significa de verdad, por qué existe aunque a ti te fastidie, cuánto tarda en levantarse según lo que hayas contratado, y —esto es lo que de verdad te interesa— qué cosas sí tienes cubiertas desde el minuto uno para que no te pille en bragas.
El susto de las dos semanas: por qué te dicen que «no está cubierto»
Vuelvo al principio porque el problema es más común de lo que parece. La gente contrata el seguro cuando ya intuye que algo va mal, o simplemente por prudencia, y da por hecho que desde que paga el primer recibo tiene barra libre de veterinario. No funciona así. Prácticamente todas las pólizas de salud animal incluyen un periodo inicial —los primeros días o semanas de contrato— en el que ciertas coberturas están dormidas. Pagas, sí, pero todavía no puedes reclamar por según qué cosas.
Lo he visto muchas veces y siempre acaba igual: enfado, sensación de estafa y, a menudo, una baja del seguro a los dos meses jurando en arameo. Y lo triste es que la mayoría de esos disgustos se evitarían leyendo tres líneas del condicionado. El problema real no es la carencia en sí —que tiene su lógica, ahora lo verás—, sino la sorpresa. Nadie te avisó. O te lo dijeron rapidito por teléfono mientras te leían el precio, y tú estabas pensando en otra cosa.
Antes de meternos en el diagnóstico, quiero que te quedes con una idea: la carencia no es un truco para no pagarte, es una regla del juego que existe en casi todos los seguros del mundo, desde el dental hasta el de decesos. Otra cosa es que algunas compañías la usen con mano dura y otras sean más razonables. Ahí es donde tú, como cliente, tienes margen para elegir bien.
Qué es exactamente la carencia (y qué no es)

La carencia es el tiempo que transcurre entre que tu póliza entra en vigor y el momento en que determinadas coberturas empiezan realmente a funcionar. Traducido a román paladino: estás asegurado, pagas tu cuota, pero hay una serie de prestaciones que todavía no puedes usar hasta que pase ese plazo. Es como cuando te apuntas a un gimnasio y la piscina climatizada no abre hasta el mes siguiente. Ya eres socio, ya pagas, pero esa parte concreta aún no.
Conviene distinguir dos cosas que la gente mezcla. Una es la fecha de efecto de la póliza, que es cuando el contrato nace y empiezas a pagar. Otra es la fecha en la que cada cobertura se activa de verdad, que puede coincidir con la de efecto o llegar semanas después. La carencia es precisamente ese desfase. Y no es igual para todo: normalmente lo que tiene que ver con accidentes se activa antes —a veces al momento— y lo que tiene que ver con enfermedades o cirugías tarda más.
Un matiz importante que casi nadie te cuenta: la carencia se aplica una sola vez, al contratar. Si llevas dos años con la misma póliza y renuevas cada año, no vuelves a empezar de cero cada temporada. Solo la sufres al principio. El problema surge cuando cambias de compañía, porque entonces la nueva aseguradora te vuelve a poner el contador a cero, y ahí es donde mucha gente se pilla los dedos saltando de una a otra buscando cuatro euros de ahorro.
La diferencia entre «no cubierto todavía» y «no cubierto nunca»
Aquí hay una confusión que genera discusiones tremendas con el teléfono de atención al cliente. Una cosa es que algo no esté cubierto durante la carencia —o sea, todavía no, pero luego sí— y otra muy distinta es que algo esté excluido para siempre. Son universos diferentes. La carencia es temporal por definición: se levanta. Las exclusiones permanentes, en cambio, no se van nunca, da igual cuánto tiempo lleves pagando.
Te pongo el ejemplo típico. Si tu gato coge una infección de orina a los diez días de firmar, probablemente sea carencia: espera el plazo y quedará cubierto de cara al futuro. Pero si tu perro ya tenía displasia de cadera diagnosticada antes de contratar, eso no es carencia, es una preexistencia, y por mucho que esperes no te lo van a cubrir jamás. Meter ambas cosas en el mismo saco es el error que más malentendidos provoca.
Por qué existe la carencia (aunque a ti te reviente)
Vale, ya sabemos qué es. Ahora la pregunta que todo el mundo se hace con retintín: ¿y esto por qué? ¿Por qué no me cubren desde el primer día si estoy pagando? La respuesta es incómoda pero razonable, y tiene que ver con algo que en el mundo del seguro se llama antiselección. Suena feo, lo sé.
Piénsalo desde el otro lado del mostrador. Si no existiera la carencia, mucha gente contrataría el seguro justo cuando el animal ya está enfermo. El perro empieza a cojear, notas un bulto raro, el gato vomita desde hace tres días… y en ese momento corres a asegurarlo para que la compañía pague la operación que ya sabías que venía. Si eso se permitiera sin más, el sistema entero se hundiría, porque nadie contrataría estando su mascota sana. Todos esperaríamos a que hiciera falta.
La carencia es el mecanismo que evita ese abuso. Al poner un plazo de espera, la aseguradora se protege de quien intenta colar un problema que ya existía disfrazándolo de imprevisto. Y, aunque a ti que contratas de buena fe te fastidie pagar el pato de los listillos, la realidad es que gracias a ese filtro las cuotas se mantienen asequibles para todos. Si no hubiera carencias ni exclusiones, los seguros de mascotas costarían el triple. No es simpático, pero es matemática pura.
Dicho esto, tengo una opinión al respecto. Me parece justo que exista, sí, pero también creo que algunas compañías se pasan tres pueblos con plazos larguísimos y luego lo explican fatal. Una carencia de seis meses para cirugía, avisada con letra pequeña y sin remarcarla en la contratación, roza lo indecente. La herramienta es legítima; el uso que se le da, a veces no tanto.
Cuánto dura la carencia según lo que hayas contratado
Y aquí llega la parte que de verdad quieres saber. No hay un número único, y quien te diga «la carencia son X días» está simplificando de más. Depende del tipo de cobertura, y dentro de cada aseguradora los plazos bailan. Aun así, hay patrones bastante claros que se repiten en el mercado español y que te sirven de orientación.
Accidentes: la carencia más corta o inexistente
Lo relacionado con accidentes suele tener carencia cero o de muy pocos días. Tiene sentido: un atropello, una caída, una pelea con otro perro o que se trague algo que no debe son sucesos imprevisibles por naturaleza. Nadie planifica un accidente para colárselo a la aseguradora. Por eso muchas pólizas cubren los accidentes desde el mismo día del contrato o, como mucho, a las 48 o 72 horas. Es la cobertura que antes despierta.
Enfermedad común: semanas, no días
Aquí ya empezamos a hablar de plazos más serios. Para enfermedades no quirúrgicas —una infección, una gastroenteritis, una otitis— lo habitual es una carencia que va desde los catorce días hasta el mes, más o menos. Este es justo el tramo donde ocurre el drama del principio: contratas, tu mascota enferma a las dos semanas y estás todavía dentro del plazo. Fíjate mucho en este número porque es el que más te va a afectar en el día a día.
Cirugía y hospitalización: el plazo largo
Las intervenciones quirúrgicas son las que más carencia arrastran, y con diferencia. Hablamos con frecuencia de varios meses: tres, seis, en algún caso incluso más para determinados procedimientos. La lógica es la misma pero llevada al extremo, porque una operación es lo más caro y lo más fácil de anticipar. Si tu perro necesita pasar por quirófano, la compañía quiere estar segura de que el problema no venía de fábrica. Este es el plazo que más disgustos provoca cuando no lo has leído.
Partos y camadas: el récord de espera
Si tienes una hembra y contemplas criar, ojo con esto. La cobertura de parto suele tener las carencias más largas de todas, que en algunas pólizas se van a los seis meses o incluso a periodos superiores. Otra vez la razón es evitar que alguien asegure a la perra ya preñada para que le cubran las complicaciones del parto. No todas las pólizas lo incluyen, pero si te interesa, míralo con lupa antes.
Responsabilidad civil: caso aparte
La cobertura de responsabilidad civil —esa que responde si tu perro muerde a alguien o provoca un accidente— sigue su propia lógica y a menudo se activa muy rápido, porque no tiene el mismo riesgo de fraude que la parte veterinaria. En el caso de los perros considerados potencialmente peligrosos, además, esta cobertura es obligatoria por ley, y ahí la contratación tiene otras reglas. Pero eso es harina de otro costal.
La conclusión de todo este apartado es sencilla: cuando te pregunten «¿cuánto dura la carencia?», la respuesta honesta es depende de para qué. No es lo mismo que a tu gato le dé una diarrea que necesite una operación de urgencia. Y el error clásico es quedarse con el plazo cortito de los accidentes pensando que aplica a todo.
Carencia, periodo de reflexión y franquicia: no son lo mismo
Hay tres conceptos que la gente confunde constantemente y que conviene tener separados en la cabeza, porque cada uno juega en un momento distinto de la relación con tu seguro. Te los aclaro sin tecnicismos.
La carencia ya la conoces: es el plazo que tardan ciertas coberturas en activarse desde que contratas. Es una espera que va en tu contra al principio, pero que luego desaparece.
El periodo de reflexión es justo lo contrario y juega a tu favor. Es el plazo que la ley te concede tras firmar para arrepentirte y cancelar el contrato sin penalización, recuperando lo pagado. En los seguros suele rondar los catorce días naturales desde la contratación cuando se firma a distancia. O sea, si a los tres días te das cuenta de que te has equivocado de póliza, puedes echar el freno. La carencia es una espera que sufres; el periodo de reflexión es una puerta de salida que tienes.
La franquicia no tiene nada que ver con el tiempo. Es una cantidad de dinero: la parte de cada gasto que corre de tu cuenta antes de que la aseguradora ponga la suya. Si tienes una franquicia de cincuenta euros y la factura del veterinario es de doscientos, tú pagas los primeros cincuenta y la compañía el resto. Muchas pólizas de mascotas trabajan con franquicia o con un porcentaje de reembolso, y eso es independiente de la carencia. Puedes tener las coberturas plenamente activas y aun así pagar tu parte cada vez.
Resumiendo la diferencia con un ejemplo tonto pero que se entiende: la carencia te dice cuándo empiezas a estar cubierto, la franquicia te dice cuánto pones tú de cada factura, y el periodo de reflexión te dice hasta cuándo puedes cambiar de idea y salir corriendo. Tres cosas, tres momentos, tres bolsillos distintos.
Preexistencias: el punto donde más gente se equivoca
Ya lo he mencionado de pasada, pero merece su propio apartado porque es la fuente número uno de reclamaciones frustradas. Una preexistencia es cualquier enfermedad, lesión o condición que tu mascota ya tenía —diagnosticada o con síntomas evidentes— antes de contratar el seguro. Y la regla general del sector es clara y dura: las preexistencias no se cubren, punto.
Aquí está la trampa mental en la que cae mucha gente. Piensan: «espero a que pase la carencia y entonces reclamo lo del problema que ya tenía». No. La carencia no convierte una preexistencia en algo cubierto. Son dos filtros distintos que actúan a la vez. La carencia frena lo que aparece nuevo durante las primeras semanas; la exclusión de preexistencias frena lo que ya existía antes de firmar, y esa exclusión no caduca.
¿Dónde se pone turbio esto? En los casos grises. Imagina que tu perro tenía unos síntomas leves antes de contratar que tú ni relacionaste con nada serio, y semanas después le diagnostican una enfermedad crónica. La aseguradora puede sostener que había indicios previos y tratarlo como preexistencia. Estos casos generan discusiones y a veces terminan en la Dirección General de Seguros o incluso en el juzgado. Por eso es tan importante ser honesto al contratar y guardar el historial veterinario: si el animal estaba sano cuando firmaste y puedes demostrarlo, tienes las de ganar.
Mi consejo aquí es directo. No intentes colar nada. Aparte de que casi nunca cuela, si la compañía detecta que ocultaste una dolencia previa puede anular la póliza entera por ocultación de datos, y entonces te quedas sin nada y encima con mala fama. Contrata cuando el animal esté sano, no cuando ya sospechas que algo va mal. El seguro es para lo imprevisto, no para tapar lo que ya sabes.
Cómo influyen la edad y la raza en todo esto
La carencia no vive aislada. Se cruza con otros dos factores que condicionan tanto el precio como lo que te van a cubrir: la edad de tu mascota y su raza. Y conviene entenderlo porque afecta a la decisión de cuándo contratar.
Con la edad pasa algo que mucha gente descubre tarde: cuanto más mayor es el animal, más difícil y más caro es asegurarlo, y más coberturas te limitan. Muchas compañías ponen una edad máxima para dar de alta a un perro o un gato, y a partir de cierta edad directamente no lo aceptan o solo te ofrecen coberturas recortadas. Además, en un animal ya entrado en años es más probable que existan achaques previos que caigan bajo la exclusión de preexistencias. La moraleja es incómoda pero clara: el mejor momento para asegurar a tu mascota es cuando es joven y está sana, aunque parezca que no lo necesita. Cuanto antes, mejor precio y menos líos.
Con la raza el tema va por las patologías hereditarias. Hay razas propensas a problemas concretos: los braquicéfalos —bulldogs, carlinos— con sus dificultades respiratorias, los perros grandes con la displasia de cadera, ciertas razas de gato con problemas renales o cardíacos. Algunas aseguradoras excluyen de entrada las dolencias típicas de cada raza, o les aplican carencias más largas. No es discriminación gratuita: son animales con un riesgo estadístico mayor para determinadas cosas. Si tienes una raza con fama de tener problemas concretos, revisa con especial cuidado si esas patologías están cubiertas o excluidas, porque puede ser justo lo que acabes necesitando.
La combinación de los dos factores es lo que de verdad te pinta el panorama. Un cachorro de raza sin problemas conocidos lo aseguras fácil, barato y con carencias normales. Un perro mayor de una raza problemática es el escenario más complicado, más caro y con más exclusiones. Saberlo antes te ahorra sorpresas.
Qué SÍ tienes cubierto desde el primer día
Después de tanto hablar de esperas y exclusiones, igual has terminado pensando que un seguro de mascotas no sirve para nada las primeras semanas. Falso. Hay cosas que están operativas desde que firmas, y son más de las que crees. Entramos ya en la parte de las soluciones, que es donde quiero que te quedes con lo bueno.
Lo primero y más importante: los accidentes suelen estar cubiertos prácticamente desde el minuto uno, o con una carencia de apenas dos o tres días. Esto significa que si el día después de contratar tu perro se rompe una pata jugando en el parque o se traga un juguete, eso normalmente entra. Como los accidentes son la causa de una buena parte de los sustos veterinarios caros e imprevistos, tener esa cobertura activa desde el principio ya justifica bastante el contrato.
Segundo, muchas pólizas activan la responsabilidad civil de forma inmediata o casi. Es una de las coberturas más valiosas y de las más infravaloradas: si tu perro muerde a alguien o provoca un accidente de tráfico, las cantidades que puedes tener que pagar son enormes, y esa protección legal suele estar disponible enseguida. Para muchos dueños, francamente, esta es la razón de peso para tener seguro, más allá del veterinario.
Y hay un tercer grupo de servicios que a menudo no tienen carencia porque no son coberturas de riesgo, sino asistencia: los teléfonos de orientación veterinaria, la asistencia en viaje, ciertos servicios de localización o de gestión si el animal se pierde, y en algunas pólizas los servicios funerarios. Todo eso suele funcionar desde el día uno. No son lo que más brilla en el folleto, pero están ahí y se usan más de lo que parece.
Así que no, no estás desprotegido durante la carencia. Estás cubierto para lo verdaderamente imprevisible —el accidente, el mordisco, el susto tonto— y a la espera para lo que se puede anticipar. Visto así, el reparto tiene su sentido.
Ejemplos reales para que se te quede
Las reglas se entienden mejor con casos. Te pongo unos cuantos, del tipo de los que veo repetirse, para que veas cómo funciona la carencia en la práctica y no solo en la teoría.
Caso uno: el accidente del segundo día. Marta contrata el seguro un lunes. El miércoles su gato se cae de la terraza y se fractura una pata. ¿Cubierto? Casi con toda seguridad sí, porque es un accidente y esa cobertura suele estar activa desde el principio. Marta reclama, aporta el parte del veterinario y le reembolsan según su póliza. Final feliz.
Caso dos: la infección de las dos semanas. Javier asegura a su perra y a los quince días la perra pilla una infección de oído. Está justo en el filo. Si su póliza tiene una carencia de catorce días para enfermedad, quizá entre por los pelos; si es de un mes, se queda fuera y Javier paga la consulta de su bolsillo. Es el caso más frustrante porque todo depende del número exacto del condicionado. Moraleja: ese número hay que conocerlo antes.
Caso tres: la operación del tercer mes. A la gata de Lucía le detectan un problema que requiere cirugía a los dos meses de contratar. Si la carencia para cirugía es de tres meses, la operación no entra aunque la enfermedad haya aparecido después de firmar. Aquí no es preexistencia —la gata estaba sana al contratar— pero el plazo largo de quirófano le juega en contra. Lucía tendrá que esperar o asumir el gasto.
Caso cuatro: la preexistencia disfrazada. Pedro contrata seguro para su perro que ya cojeaba desde hacía meses. Espera a que pase la carencia y reclama la operación de cadera. Se la deniegan, y con razón: era una preexistencia, y la carencia no la borra. Peor aún, la compañía revisa el historial y sospecha ocultación. Pedro se queda sin cobertura y con el problema. Este es el error que no debes cometer.
Cuatro escenas, cuatro finales distintos. Y fíjate que en todos la clave no era la mala fe de la aseguradora, sino conocer o desconocer las reglas antes de firmar. Ahí está todo.
Cómo minimizar el riesgo de llevarte un disgusto
Entramos en la parte más práctica. Sabiendo lo que sabes ahora, hay una serie de movimientos que reducen muchísimo las probabilidades de que la carencia te pille en mal momento. No es magia, es sentido común aplicado.
El primero, y el más obvio pero el que menos gente hace: contrata cuando tu mascota está sana, no cuando ya hay síntomas. Si esperas a que el animal esté malo, te comes la carencia y encima arriesgas que cualquier cosa se interprete como preexistencia. Cuanto antes asegures, en mejor posición estás. Un cachorro sano recién llegado a casa es el momento ideal.
Segundo, lee el condicionado en la parte de plazos. No hace falta que te empapes las cincuenta páginas, pero sí busca específicamente la palabra carencia y apunta los números: cuánto para enfermedad, cuánto para cirugía, cuánto para lo que a ti más te preocupe según tu animal. Si el comercial te lo cuenta por teléfono, pídele que te confirme esos plazos por escrito. Que quede constancia.
Tercero, guarda el historial veterinario y hazle una revisión al animal al contratar si puedes. Tener un documento que acredite que tu mascota estaba sana el día que firmaste es tu mejor escudo contra una futura acusación de preexistencia. Es papeleo aburrido, sí, pero el día que lo necesites lo vas a agradecer.
Y cuarto, no cambies de aseguradora a lo loco. Cada salto reinicia las carencias. Si llevas tiempo con una compañía y todo funciona, piénsatelo dos veces antes de cambiarte por un ahorro pequeño, porque en la nueva vuelves a empezar con las coberturas dormidas y podrías quedarte en descubierto justo en el peor momento.
Errores típicos que conviene esquivar
Recopilo aquí los tropiezos que más se repiten, para que los tengas fichados. No como lista de manual, sino como las cosas que de verdad hacen que la gente acabe enfadada con su seguro.
- Creer que pagar el primer recibo equivale a barra libre inmediata de veterinario. No: hay coberturas dormidas.
- Confundir carencia con preexistencia y pensar que esperando el plazo te cubrirán algo que ya existía.
- Quedarse solo con el plazo corto de accidentes y suponer que aplica también a enfermedad y cirugía.
- No leer los plazos de quirófano, que son los largos, y descubrirlos el día que hace falta operar.
- Ocultar dolencias previas al contratar, con el riesgo de que te anulen la póliza entera.
- Cambiar de compañía por cuatro euros sin caer en que reinicias todas las carencias.
- Asegurar al animal ya mayor o ya enfermo esperando cubrir lo que ya venía de antes.
Casi todos estos errores tienen el mismo origen: no dedicar diez minutos a entender qué firmas. Y no te culpo, la letra pequeña de los seguros está diseñada para que se te caigan los párpados. Pero en esos diez minutos te juegas evitar el disgusto del principio.
Qué dice la ley sobre todo esto

Conviene que sepas que la carencia no es un invento arbitrario de cada compañía, sino una figura reconocida dentro del marco legal de los seguros en España. La Ley de Contrato de Seguro es la que ordena estas relaciones, y establece principios que te protegen aunque no lo parezca a primera vista.
El más importante para ti es el de transparencia: la aseguradora está obligada a informarte de forma clara de las condiciones del contrato, incluidas las limitaciones como las carencias. Las cláusulas que limitan tus derechos —y una carencia lo es— deben destacarse de manera especial y, en muchos casos, requieren que las aceptes expresamente. Si una compañía te esconde una carencia larga en la letra minúscula sin resaltarla, esa cláusula puede ser cuestionable e incluso no serte aplicable. La ley no mira con buenos ojos las sorpresas ocultas.
También tienes de tu lado el mencionado derecho de desistimiento en la contratación a distancia, ese periodo en el que puedes echarte atrás sin dar explicaciones. Y si crees que una aseguradora te ha denegado algo injustamente escudándose en la carencia, tienes vías de reclamación: primero el servicio de atención al cliente de la propia entidad, y si no te resuelven, la Dirección General de Seguros y Fondos de Pensiones, que es el organismo público que supervisa el sector. No te quedes callado si crees que te han tratado mal; hay cauces.
Un apunte extra que no es de carencia pero conviene tener presente: desde hace un tiempo existe normativa sobre bienestar animal que ha empujado a que ciertos animales tengan que estar identificados y, en algunos supuestos, asegurados en su responsabilidad civil. La regulación en torno a las mascotas se ha ido apretando, y eso también empuja a más gente hacia el seguro. Merece la pena estar al día de lo que te obliga la ley según dónde vivas y qué animal tengas.
Cómo elegir una póliza teniendo la carencia en cuenta
Y llegamos a la decisión final: con todo lo anterior en la cabeza, ¿cómo eliges? Porque no se trata solo de mirar el precio, aunque sea lo primero que todos hacemos. Te doy mi forma de verlo.
Compara las carencias, no solo las cuotas. Dos pólizas pueden costar casi lo mismo y tener plazos de espera radicalmente distintos. Una compañía que te cubre la cirugía a los tres meses es objetivamente mejor que otra que te la cubre a los seis, aunque cuesten igual. El plazo de carencia es un factor de calidad de la póliza tan importante como el precio, y casi nadie lo compara.
Piensa en tu animal concreto. No es lo mismo un gato joven de interior que apenas se expone a accidentes que un perro grande, activo y de una raza propensa a la displasia. Para el primero quizá te importe menos la carencia de cirugía; para el segundo, es justo lo que tienes que mirar con lupa, porque hay una probabilidad real de acabar en quirófano. Adapta la elección al bicho que tienes, no al perfil medio del folleto.
Mira también cómo combina la carencia con la franquicia y con los límites de reembolso. De poco te sirve una carencia cortita si luego el tope anual de reembolso es ridículo o la franquicia se come casi todo. Es el conjunto lo que cuenta. Una póliza es un paquete, y la carencia es una pieza importante, pero no la única.
Y por último, valora la claridad de la compañía. Una aseguradora que te explica sus carencias sin que tengas que arrancárselas, que te las pone por escrito y no te marea, ya te está diciendo algo sobre cómo se va a portar el día que tengas un problema. La transparencia al contratar suele ser buen indicador de la transparencia al pagar. Fíate de quien no te esconde la letra pequeña.
Tres apuntes para no llevarte un susto
Después de todo el recorrido, si tuviera que quedarme con lo esencial para que no repitas el drama del principio, serían tres ideas. La primera: asegura a tu mascota cuando esté sana y sé joven al hacerlo. Es el mejor blindaje contra la carencia y contra las preexistencias a la vez. Esperar a que haya síntomas es meterte tú solo en la boca del lobo.
La segunda: conoce tus plazos antes de firmar, sobre todo el de cirugía, que es el largo y el que más caro sale cuando te pilla. Apúntalos, pídelos por escrito y no te fíes de un «sí, hombre, eso está cubierto» dicho de pasada por teléfono. Lo que no está en el papel, no existe el día de la reclamación.
Y la tercera: no confundas carencia con preexistencia ni con franquicia, porque cada una juega su partido, y entenderlas es lo que te separa del cliente enfadado que da de baja el seguro a los dos meses jurando que le han estafado. En la inmensa mayoría de los casos no hay estafa, hay desinformación. Y ahora esa desinformación ya no es excusa, porque tienes toda la película. Cuida al bicho, elige con cabeza y que el único susto que te lleves sea el de verlo perseguir su propia cola.
